Por Aldo Puig. La historia del gaucho matrero entrerriano que llegó al teatro un 21 de marzo de 1898.


La pieza Calandria (Costumbres campestres) de Martiniano Leguizamón, fue estrenada el 21 de marzo de 1898, en el Teatro de la Victoria de Buenos Aires, por la Compañía de los Podestá.
Martiniano Leguizamón conoció en Concepción del Uruguay, hacia 1870, a un gaucho del Montiel llamado Servando Cardoso, al que apodaban Calandria. Era un diestro jinete, muy buen cantor, que trabajaba en un saladero hasta que fue incorporado a las tropas cuando la revolución de López Jordán, oportunidad en que se portó con valentía, por lo cual fue destinado a un destacamento de guardias nacionales. Pero se rebeló contra la autoridad y comenzó su vida de matrero; amigo de las burlas y las picardías, jugaba “como un pájaro” con sus perseguidores, ya que ninguno de los refugios del monte le era desconocido.
A Servando Cardoso, el Calandria de la vida real, lo mataron en 1879, pero Leguizamón eludió ese final trágico ennobleciendo el destino del protagonista, que será el de la redención por el amor: “Porque ha nacido, amigasos,/ el criollo trabajador.
El criollo trabajador! … » Ese es el cierre del propio Leguizamón, que transforma a Servando en un «Gaucho civilizado», perdonándolo de sus travesías e incluyéndolo en el mundo mucho más «sano» del trabajo y la familia.


Linares Cardozo la hizo canción
La conquista de la guardia nacional sobre el alzao del chamamé de Linares Cardozo llega a su fín luego de una larga agonía incierta en la «Canción del Islero Alzao», un tema que va a contramarcha de Groussac y de Leguizamón, dice Linares: «A la injusticia la grito/nunca la pude callar/porque soy la libertad/porque soy lobo del río/Currinche me llamarán/Calandria, Gaucho matrero/ p´a Usté un Entrerriano entero/ que no pudieron arriar…» En definitiva, el cierre que hace Leguizamón pertenece al deseo unitario de amansar al alzao de Linares, y hasta cierto punto, al irrecuperable de Groussac,

“Eran hombres que se quedaban al margen de las nuevas fundaciones rurales; hábiles y decididos para las guerrillas, no supieron acomodarse a las tareas de chacras y estancias alambradas. De ahí el epíteto con que lo señala Groussac al llamar a Calandria ‘el último outlaw argentino’.
Al igual que el Martín Fierro rebelado contra las injusticias de la primera parte que en la vuelta se incorpora manso a la nueva realidad del país de la “paz y la administración”, Calandria también se reconcilia en la obra de Leguizamón: “Ya ese pájaro murió / en la jaula de estos brasos; / pero ha nasido, amigasos, / ¡el criollo trabajador!…”


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Martiniano Leguizamón nació en Rosario del Tala el 28 de abril de 1858 y pasó largas temporadas de la niñez y de la adolescencia en la estancia paterna del Rincón de Calá, en el departamento de Gualeguay. Los años de estudiante en el ambiente del Colegio Nacional y su permanencia en la Fraternidad no lo separaron de su querencia campestre, ni tampoco su posterior radicación en Buenos Aires.
Dejó valiosas obras de diversos géneros como Recuerdos de la tierra (1896), el romance histórico Montaraz (1900), Alma natía (1906). En 1908 publica De cepa criolla, luego Páginas argentinas (1911), La cinta colorada (1916), El primer poeta criollo del Río de la Plata (1917), Rasgos de la vida de Urquiza (1920), Hombres y cosas que pasaron (1926) y finalmente Papeles de Rosas y La cuna del gaucho, publicados en 1935, luego de su muerte.

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